El PSOE o la historia de un largo giro a la derecha

«Hay que ser socialistas antes que marxistas». La frase de Felipe González en 1979 ha marcado el camino del partido hasta la abstención aprobada por el último Comité Federal

Javier Fernández y Pedro Sánchez, en un acto de campaña electoral en Gijón el pasado diciembre./ REUTERS

Javier Fernández y Pedro Sánchez, en un acto de campaña electoral en Gijón el pasado diciembre.

«No se puede tomar a Marx como un todo absoluto, no se puede, compañeros. Hay que hacerlo críticamente, hay que ser socialistas antes que marxistas». El «renovador» Felipe González había entendido a la perfección el signo de los tiempos cuando en mayo de 1979 proponía en el Congreso Extraordinario del PSOE abandonar los postulados marxistas del partido para subirlo al tren de las formaciones socialistas europeas. Lo que hoy se ha dado en llamar socialdemocracia y que podría resumirse en un bajar los brazos ante el neoliberalismo y convertir la doctrina socialista en una suerte de tratamiento paliativo hasta que el enfermo, la clase trabajadora, muera tranquila en la cama de un hospital privatizado.

Aquel Congreso supuso la derrota de González, que dejó momentáneamente la Secretaría General en manos de una gestora ─déjà vu─, pero sólo duró hasta septiembre. González sacudió la caspa socialista de la chaqueta de pana de un partido llamado a ser uno de los pilares de la nueva España que venía. Volvió al cargo en septiembre, tras otro Congreso del PSOE, y puso el intermitente derecho para avisar al que venía detrás de que el giro iba a comenzar.

«OTAN, de entrada, no» y de salida tampoco

Le hacía falta gobernar, y lo logró en 1982. Le pusieron un año más tarde la X de los GAL pero entonces se perdonaba el terrorismo de Estado si «la ETA» mataba a guardias civiles y a concejales «como a gorriones», según la hemeroteca. Las ruedas del coche socialista empezaron a chirriar a la altura del kilómetro 1986, cuando nueve millones de españoles votaron «sí» a la permanencia de España en la OTAN.

«De entrada no» era el eslogan con el que el PSOE defendía no ingresar en la Alianza Atlántica cuando la UCD del franquista Calvo Sotelo metió al país en la Guerra Fría. Era el caballo de batalla con el que el jinete González ganó las elecciones. Pero de 1981 hasta el referéndum, González dio uno de los mayores volantazos ideológicos que se recuerdan en la democracia española. Cambió el discurso y la postura del partido, buscó una pregunta tendenciosa y utilizó desde el Gobierno todos los medios de propaganda que le brindaba el Estado para llevar el apoyo de la opinión pública a la OTAN de un 18{14c88425e8fe9d97faae8feb4c9704a1f54f6c24ede33d0414f3cb3e373d26ea} al 56,85{14c88425e8fe9d97faae8feb4c9704a1f54f6c24ede33d0414f3cb3e373d26ea} que resultó en las urnas. De las condiciones que puso a la permanencia nunca más se volvió a saber y nunca se aplicaron.

Pedro Sánchez y Felipe González en el homenaje a Txiki Benegas. -EFE

Pedro Sánchez y Felipe González en el homenaje a Txiki Benegas./ EFE

Aquel viraje conllevó la dimisión de su ministro de Exteriores y a una desbandada de cuadros socialistas que tuvieron a bien conformar junto al PCE la Izquierda Unida de Gerardo Iglesias. La O y la E de las siglas comenzaban a desprenderse del cartel de la calle Ferraz, como bien recordó el cantautor Javier Krahe en su tema Cuervo Ingenuo, que el Gobierno censuró en RTVE.

Pero no había tiempo que perder. El liberalismo económico era el evangelio que Margareth Thatcher predicaba desde Inglaterra y que el PSOE seguía al pie de la letra aunque de cara a la galería vendiera la solidez del Estado del bienestar español. Llegó la reconversión industrial y las violentas protestas de los trabajadores en buena parte del norte del país. Pero España iba bien, que diría Aznar. La economía crecía a un vertiginoso ritmo del 5{14c88425e8fe9d97faae8feb4c9704a1f54f6c24ede33d0414f3cb3e373d26ea} mientras González volvía a gobernar con mayoría absoluta y más de un millón y medio de jóvenes engrosaban las listas del paro. La careta funcionaba a la perfección, aunque la Policía disparase a matar a los huelguistas en los astilleros, así que González volvió a tomar el desvío de la derecha.

14-D de 1988: la huelga que paralizó España 

A los jóvenes de hoy les sonará la maniobra que el PSOE bautizó como Plan de Empleo Juvenil y que abría la puerta de la precariedad laboral. Era el primer contrato basura, el minijob de los años 90, destinado a jóvenes de entre 16 y 25 años, por el salario mínimo interprofesional, una duración de entre seis y 18 meses y exenciones en las cuotas de la seguridad social para los empresarios.

Aquello resultó en una de las huelgas más memorables de la historia reciente del país, la de diciembre de 1988, y la ruptura definitiva entre el PSOE y su sindicato histórico, la UGT de Nicolás Redondo, que un año antes había dejado su escaño en el Congreso por la deriva liberal de González.

La O del cartel se había desprendido totalmente ,y aunque la movilización condenó al cajón el proyecto de precariedad, González se guardaba en la manga la reforma laboral de 1994, en la que se legalizaron las empresas de trabajo temporal (ETT). Era tan grande el pastel salarial de entonces, debió de pensar el presidente, que unas cuantas empresas tenían derecho a coger su parte de la nómina del trabajador. La O se fue al contenedor de reciclaje y, en 1996, González deja la Presidencia en manos del PP de Aznar. España debió de pensar que era más sencillo y menos hipócrita votar directamente a la derecha.

La socialdemocracia de ZP

Con lo de obrero fuera del cartel y lo de socialista colgando del último anclaje, tras las turbulencias de la guerra Almunia-Borrell, llegó el turno de José Luis Rodríguez Zapatero, casi tan desconocido entonces como Pedro Sánchez cuando fue colocado por Susana Díaz a los mandos de la nave. Fueron años de bonanza, de las becas de estudio, de la ley del matrimonio homosexual y de los estertores de la burbuja del ladrillo. Cuando pinchó, lejos de haber hecho algo por desinflarla sin drásticas consecuencias, Zapatero entonó la palabra «desaceleración» económica para tapar lo que al final se mostró como la mayor crisis económica desde el crack del 29.

José Luis Rodríguez Zapatero. EFE

José Luis Rodríguez Zapatero./ EFE

Lo que sigue es de sobra conocido. El presidente más popular de la democracia siguió la estela de sus socios europeos y aplicó los imperativos de los mercados financieros que la Troika trasladaba a los parlamentos de los países en crisis. Portugal, Italia, Grecia y, algo más tarde, Francia ─países gobernados por un partido con la palabra «socialista» en el membrete─ aplicaron con dureza la pócima neoliberal: abaratar despidos, cercenar derechos laborales, recorte del gasto público en sanidad, educación, dependencia, pensiones… En definitiva, empezaron a vaciar el cajón de aquellas áreas que, durante el último tercio del siglo XX y lo que iba de XXI, les habían servido a los socialistas europeos para justificar su nueva realidad socialdemócrata. Lo que les distinguía de la derecha, el gasto social, saltaba por los aires en aras de cumplir los objetivos de déficit que impone Alemania. El resultado es la actual crisis de la socialdemocracia en toda Europa.

La reforma laboral de 2010 le costó una huelga general a Zapatero. La advertencia era clara en las calles. Más aún después del 15-M, que señaló la escasez de diferencias entre lo que tuvieron a bien denominar partidos del régimen. La expresión PPSOE comenzó a ser una constante que se vio más que justificada un fatídico agosto de 2011. Fue cuando el gobierno ZP pactó con el PP la reforma del artículo 135 de la Constitución Española.
Con el paro subiendo a una velocidad similar a la que el PSOE encara la siguiente curva a la derecha, el Estado y las Comunidades Autónomas debían priorizar el pago de la deuda pública ─entonces desorbitada y hoy aún mayor─ sobre cualquier otra cosa. La reforma entró en vigor en septiembre de 2011 y sus peores efectos se apreciarán en 2020.

De la encrucijada naranja a la abstención azul

El PSOE perdió las siguientes elecciones y ni siquiera fue capaz de remontar frente a un PP envuelto en mil y un casos de corrupción. La irrupción de Podemos como respuesta al vacío ideológico del PSOE amenazaba con un sorpasso que no llegó a producirse, con o sin coalición con Izquierda Unida, al menos en escaños. La encrucijada de Pedro Sánchez tenía, como las anteriores que enfrentó el PSOE, dos direcciones. Una a la izquierda, con un Gobierno junto a Podemos, y otra matemáticamente sin salida, por la derecha, de la mano de Ciudadanos.

Sánchez siguió el camino de González y decidió firmar un «pacto reformista y de progreso» con Ciudadanos. No obtuvo los votos necesarios en la investidura y culpó de ello a Podemos. La factura en las urnas fue ligera en cuanto a pérdida de votos, pero a Sánchez le costó la Secretaría General tras el golpe de mano de los barones socialistas con la presidenta andaluza al timón. «Desconfíe de los que tienen el pasado manchado de cal viva», le dijo Pablo Iglesias en la primera votación. Se refería a González, miembro del consejo de administración de Gas Natural. El mismo que, después de aconsejar a Sánchez el pacto con Rivera, prefirió elogiar al segundo por pactar después con el PP que a Sánchez por mantenerse firme en el «no es no» ante Rajoy.

Este domingo, el Comité Federal del PSOE ha aprobado el último y quizás definitivo giro a la derecha. Los 85 diputados han recibido la orden del aparato del partido de abstenerse en segunda votación de la investidura de Rajoy. Dejarán gobernar al PP aunque el diario ‘El País’ prefiera decir que «desbloquea España y evita las terceras elecciones». La temida gran coalición no ha tenido que presentarse a las elecciones mientras los votantes del PSOE se preguntan para qué ha servido su voto.