Cristianismo: La mayor mentira jamás contada (A)

 

Francisco Silverahttp://www.quenosenada.blogspot.com.es

Escritor y profesor, licenciado en Filosofía por la Universidad de Sevilla y Doctor por la Universidad de Valladolid. He sido gestor cultural, lógicamente frustrado, y soy profesor funcionario de Enseñanza Secundaria, de Filosofía, hasta donde lo permitan los gobiernos actuales.

Recapitulemos, no estamos haciendo una Historia de la Filosofía sino repasando los lugares comunes de la misma para sacar alguna utilidad práctica, pensando, no en usted, lectora avezada, erudito leedor, sino en quienes por lo que sea jamás se pararon a pensar en estas “cosas”.

Porque la Historia es una modalidad del cuento tradicional. Ejemplarizantes, en el sentido de servir de modelo, los cuentos educan para la vida transmitiendo advertencias. La Historia es lo mismo, quizá un poco más sofisticada, a veces. Los hechos, la realidad: no interesan a nadie. ¿Qué porcentaje del oro que conforma nuestras riquezas contiene restos de dientes judíos? Ese dato sería relevante, pero ¿quién renuncia al oro?: nadie; no queremos los hechos, sí la Historia, bonita y autojustificante.

Para entender el origen del Cristianismo debemos empezar casi trescientos años después de su supuesto inicio, porque en realidad los primeros siglos de la Era Cristiana son la superposición paulatina (de “Paulus”, se verá lo ingenioso en la broma) de una religión grecorromana sobre un culto de origen judío-gnóstico hasta su total destrucción. O sea, lo que acabo de afirmar en modo caldo gordo es que el cristianismo es un invento de Roma que nada tiene que ver con el cristianismo. ¿Cómo ha llegado esta gran mentira a consolidarse? Poder político, dinero y violencia hacen mucho más que la fe en mil setecientos años; la Iglesia, a pesar de sus divisiones y batallas intestinas, ha sido un Estado transnacional con todas sus ventajas y ningún inconveniente, ha podido trabajar sus intereses manteniendo sus “leyes” incrustada en la mayor parte de los sistemas político-jurídicos, lo que le ha permitido jugar simultáneamente mil partidas de cartas con todos los bandos, lo mismo puede ser acusada de criminal como encomiada por pacifista, lo mismo fue cooperadora integrante del nazismo que adalid en la defensa contra el “judenrein”, mártir que golpista…

Pero además, una religión tiene un contexto ideológico y cultural; o, si está en posición de imponer, es ella misma la que lo conforma. Asumir que el cristianismo del siglo IV es la misma religión de hoy es formar parte de esa secta, es tener fe en la imperturbabilidad del dogma y la providencia divina; por cierto, la palabra “secta” responde perfectamente como definición de religión, son sinónimas, no se engañe, depende sólo de la intensidad y de cómo se hace presión para doblegar (dinero, moral, política…), nada más. Y tampoco existen diferencias entre la religión y la magia, son lo mismo disfrazado de otra manera; sólo los sectarios propenden a justificar las diferencias.

Hasta el racionalismo cartesiano del siglo XVII, que distinguirá intelectualmente de manera radical dos sustancias, dos realidades diferentes (lo extenso y lo “no-extenso” y que no sabrá cómo conectar ni explicar pero que inauguran un “más allá” nuevo) el cristianismo es materialista: no concibe ni necesita lo “espiritual” (entendido como hoy lo explican). Un señor colocado en un cohete, teóricamente, en el siglo VII podría atravesar las esferas de los planetas y llegar hasta el fogoso Cielo Empíreo “Habitaculum Dei et Omnium Electorum”. Nótese como el cristianismo popular actual es una religión politeísta en la que se mezclan magia, animismo, tradiciones, política, enfermedades mentales…

Seamos brutos por partes, en concreto tres partes.

PRIMERA parte: si quieren entender Roma, han de ver El Padrino de Coppola; la adorada civilización romana, permítanme epatar, no es más que una desproporcionada venta de protección estratificada, como una mafia gigantesca, lo diré al revés: si quieren entender a la mafia actual: estudien Roma; porque junto con El Vaticano la Cosa Nostra es arqueología viva y visible del Imperio Romano. La referencia civilizada del romano (rico, claro) era el mundo griego; Roma es la USA de la época, capaz de lo mejor por poseer ingentes toneladas de tiempo libre (“Otium”… y “Negotium” para los que no podían), formación, capacidad de inversión, etc., pero amoldada ideológicamente a sostener el sistema que les genera esa felicidad aparente, sin otra base que la explotación. Chomsky y Trump. Una mezcla extraña de orgullo y frustración, la imposición mundial de un modelo cultural que curiosamente es deudor de aquello a lo que aniquila mientras lo imita. Roma y USA generan basura intelectual porque son sistemas en los que las bases (y cada capa estructural de la ciudadanía es base de la superior) pagan por ser protegidas, hasta el “Capo di tutti capi” que cobra de todos, protege a todos y emana (como un dios) la justificación del sistema, no tolerando contestación. Las mafias son ilegales, los Estados dictan leyes. Conste que prefiero lo segundo, pero con plena consciencia. Roma era ecléctica por definición, se dejó permear por toda creencia o idea que satisficiera su poder.

SEGUNDA parte. El mesianismo judío coetáneo de Jesús en Nazaret es complejo. Saben que no hay un sólo dato o testimonio histórico de la vida de Cristo fiable. El magma en el que pudo moverse era una mezcla, o a veces una convivencia forzada sin misceláneas, de creencias mistéricas del helenismo, paganismo romano, religiones orientales a veces en desbocado sincretismo, grupos judios tradicionales dispuestos a usar la sica o espada corta contra los opresores impíos (de ahí viene “sicario” y es el posible apodo de Judas Iscariote)… La invasión romana asentó la idea del Fin de los Tiempos y la llegada del Mesías: fariseos, saduceos y esenios representan las tendencias generales del judaísmo, resumo a mi manera: tradicionalistas, racionalistas y rigoristas; entre estos últimos, en la rama ebionita (pobrista) habría que situar a Jesús, de haber existido: limitación del sexo a lo reproductivo, bautismo en el agua por inmersión como preparación al bautismo de fuego del Fin del Mundo, el culto a seres intermediarios con Dios, condena de las posesiones y las riquezas, antihedonistas, misóginos, amantes de la purga y el sacrificio, desprecio por lo corporal especialmente por sus secreciones… Prácticamente son un resumen de la mentalidad cristiana tradicionalista hasta hoy.

TERCERA parte: la Gnosis. Sumándome a una tendencia cada vez más generalizada, voy a negar que los cultos gnósticos sean derivas sectarias del cristianismo, aunque en algún momento la creencia cristiana llegara a ser muy variada y confusa . Pero antes expliquemos que el término “Gnosticismo” es moderno, la “Gnôsis” es el conocimiento o revelación para alcanzar la verdad; en el contexto del primer cristianismo, designa a la religión verdadera y se habla de “gnosis falsas”. Vean cómo se estructuran estas doctrinas: 1. Hablan de conocimiento (gnosis) o revelación de la verdad, no es una mera creencia. 2. Dualismo anticósmico, el Creador es la verdad, la bondad, y por tanto el mundo material la maldad y el engaño pergeñado por un dios menor, la gnosis o sabiduría nos enseña que nuestra aspiración está en los cielos con el Dios verdadero, no aquí. 3. La clave está en el alma; el alma es una especie de chispa divina atrapada en la materia, para eso nos mandan a un Salvador con la misión de revelarnos la verdad: abriéndonos camino de vuelta al cielo con su Padre: la negación del mundo, nos libera de la opresión de éste y sus maldades.

Adelanto mi tesis: la conjugación de Roma, mesianismo judaico y religiosidad gnóstica de alguna manera es el cristianismo, nunca nada fundado por el mito de Jesús. Este período, la Antigüedad Tardía, curiosamente ha sido la época que tradicionalmente acumula más oscuridades desde el punto de vista del estudio. Roma fue el Oriente Próximo y el Norte de África mucho más que Europa, a pesar de que la metrópoli fuera “italiana”; los estudios económicos y geográficos (bastaría ver un mapa señalando las ciudades en el año 300) muestran que la mayoría de la población y de la actividad radican en esas zonas, respecto de una “Europa” semivacía e intransitable, y tiene su lógica, el Mediterráneo fue el medio por el que la civilización romana se expandió; las invasiones bárbaras por aquí realmente no lo fueron, salía más barato dejarse asimilar, eso de la decadencia y caída es muy relativo, sí hubo refriegas en la Roma de verdad, la de África y el Oriente Próximo, lejos de esta idea europeizante que estudiamos. Esta idealización históricamente tiene mucho que ver con la centralización del papado en la capital y nos impide ver y entender cómo, dónde sucedió el cristianismo y qué importancia tuvo; recuerden que la imagen iconográfica de Jesús es el resumen del racismo y los complejos de nuestro continente: rubio, ojos claros, piel blanca, rasgos germánicos… un palestino del siglo I, vamos, ¿no?.

Cristianismo: La mayor mentira jamás contada (B)

El Cristianismo que conocemos tiene su origen en una imposición sucesiva de una mixtura de creencias grecorromanas sobre la fundacional; es la victoria de Saulo el persecutor frente a los cristianos que, de haber existido Jesús, compartieron su cultura, su religión y su familia y se pretendían sus legítimos herederos. Será el Emperador Constantino y sus alrededores quienes vean el interés de consolidar esta religión como unificadora de un Imperio realmente incontrolable e inunificable.

La filosofía de moda entre los poderosos romanos era el estoicismo. Identificar al Lógos que todo lo prevé con Dios no fue complicado; la asunción del Destino como voluntad de Dios, incluyendo la esclavitud, las clases, la riqueza o la pobreza, la conquista y el aplastamiento, resultaba muy cómodo intelectualmente, el cristianismo romano tiene mucho de elongación del estoicismo, más que de la fe original: incluso en su vertiente ascética y aquella idea de resistir el dolor como algo inevitable en nuestro sino. Curiosamente, un pensamiento mecánico, “físico”, se transformó lentamente en un providencialismo divino; digamos que el estoicismo fue el lecho sobre el que Roma pudo recostar la nueva religión cristiana. La idea de la Libertad no estaba en discusión, es absurda si Dios es omnisciente y eterno. San Agustín la desarrollará inventando el “libre arbitrio” y el pecado como lo entendemos ahora, siendo incapaz de justificarlo.

Jesús debió existir, aunque nada sabemos de él con certezas. Los evangelios son testimonios muy posteriores y no directos; claro es que la Iglesia mantendrá partes de su supuesto discurso pero cada vez de forma más incoherente: su antirromanismo anarquizante en favor de la entrega total a la devoción para preparar el Fin de los Tiempos, aquello del rico y el camello por el ojo de una aguja, algunas de sus doctrinas le llevaron posiblemente a la ejecución, pero Roma no solía matar por motivos religiosos sino por amenaza o insumisión política: probablemente su grupo no era tan pacífico como se nos vende, el eco literario de su detención muestra a unos romanos preparados en cantidad para enfrentarse a enemigos, y uno pierde una oreja por un arma; por cierto, polémico eso de la crucifixión, los romanos solían clavarte a un árbol o a un palo no muy alto, para que los perros pudieran comerte los pies…

La influencia del extendidísimo culto a Mitra, dios extrañamente análogo a Jesucristo, y de las repetidas historias mediterráneas sobre nacimientos de vírgenes, resurrecciones, milagros, vuelos, bilocaciones, curaciones… hacen muy difícil llegar a una conclusión; deslindar el cristianismo de ese batiburrillo indocumentable es siempre causa de debate, y quizá sea ésta la clave: hay tanta información mezclada, adulterada, ocultada, elevada, impuesta, repuesta o condenada que… “E falso sequitur quodlibet”, dice la Lógica.

Ante el Fin de los Tiempos y ofertando una salvación sin requisitos como saber leer o ser libre, el cristianismo se extendió por su zona originaria primero entre los cercanos y después entre los pobres. Los Evangelios, y resulta mareante pensar cuántas deturpaciones, manipulaciones o reescrituras han sufrido, ya están muy alejados de la figura originaria cuando se redactan: se entrevé pero transformada en el Dios sin tiempo y no el anunciador del final inminente, es un dios más vinculado a las tradiciones mistéricas que al judaísmo; no es éste el lugar, pero resumamos: la información intencionadamente velada evoca un enfrentamiento entre los primeros judeo-cristianos y los neoconversos greco-cristianos del autodenominado “poca cosa” Saulo de Tarso (“Paulus”, muerto cuarenta años después que Jesús); el Vaticano es más heredero del pablismo que del jesuismo, de pronto un intermediario con conexión divina desbanca la autoridad de los testimonios directos, queda a un lado el hombre que venía a hacer justicia para Israel y se eleva el Hijo connatural de Dios inspirado por el Espíritu Santo.

En el 313 el “Edicto de Milán” de Licinio y Constantino tolerará en Roma el cristianismo; será Teodosio en el 380 con el “Edicto de Tesalónica” quien vincule a Roma con el cristianismo oficial y definitivamente, por medio queda la oscura historia del asesinado neopagano Juliano el Apóstata y curiosamente la lucha contra la supuesta herejía de Arrio que niega la naturaleza divina de Jesús (tampoco le debió ser agradable echar las tripas por diversos orificios, supuestamente como señal de castigo divino tras el Concilio de Nicea, inicio del catolicismo). Constantino ni siquiera se bautizó, cuentan que lo hizo en el lecho de muerte por si acaso, su vida no fue un modelo de piedad; su madre Helena, tres siglos después de la muerte de Jesús encontraría en Tierra Santa intactas buena parte de las reliquias venerandas de hoy y señalaría los lugares santos como quien pone nombre a las calles.

Me gusta la historia del documento conocido como “Donación de Constantino” por el cual el Imperio se cedía a la Iglesia; a mediados del siglo XV Lorenzo Valla publicó sobre las incongruencias filológicas, el latín y los términos usados no eran de aquella época; y las inconsistencias lógicas, se hablaba hasta de ciudades no fundadas aún como si ya existieran. Kilómetros de cruz original, miles de espinas, pellejos variados de prepucios, cientos de clavos y documentos dudosos… Saquen conclusiones.

El verdadero cambio de era del siglo I se produjo, pues, a posteriori, tres siglos más tarde, y ha sido consolidado como una realidad durante otros mil setecientos años. Cualquier erudito leedor, lectora avezada, sabe algo sobre la deriva histórica de dogmas inventados para mayor gloria de los dominantes a fuerza de hierro candente: la Inmaculada Concepción o la Naturaleza de Cristo, la resurrección en cuerpo y alma, la transmisión del pecado original, la existencia o no del Mal, la infalibilidad papal o su poder político como Rey de Reyes… han sido “discusiones” sangrantes. Ni siquiera la cruz latina es un símbolo originario cristiano, como tantas cosas se le atribuye a San Agustín la explicación según la cual era así como crucificaban los romanos e hizo los primeros escarceos perifrásticos acerca de su simbolismo (ya vimos en el capítulo de Platón sobre el Símil de la Línea cómo la cruz latina se corresponde con una representación de la totalidad de lo real a través de la proporción áurea).

Para la Historia del Pensamiento lo relevante fue el proceso de abandono, destrucción, ocultación y distorsión de todo el legado antiguo, que lejos del tópico de haber sido conservado en los monasterios: volverá a llegarnos progresivamente desde el mundo árabe. En el siglo VI Cosmas Indicopleustes explicará el Universo cristiano y, sin ánimo de descontextualizar, su cosmología no es más que un garabato infantil a lado de la Antigua. Insinuemos aquí la gloria del estudio de Peter Brown, Autoridad sobre esta época, acerca de cómo la Iglesia empezaría a acumular riquezas prometiendo su salvaguarda hasta la llegada de Juicio Final (ya “sine die”) para su posterior recuperación, una especie de Banca Celeste que incluía la jerarquización de los turnos frente al Tribunal definitivo.

Esto debería estudiarse así en Primaria, para que cada cual con su formación personal sacara las conclusiones oportunas. Moraleja: no se defiende a la fe sino a una tradición tan cambiante como todo lo humano; la alternativa es el integrismo, no existe posición intermedia.

Como reza el tópico de Alfred Loisy: “Se esperaba el Reino, pero vino la Iglesia”.

“Incipit vita nova…”.

Cristianismo: La mayor mentira jamás contada (C)

Filosofía para pobres (XVI)

En 1676 en una biblioteca en París apareció un manuscrito de finales del siglo XI que se identificó como la obra de Lactancio titulada Sobre la muerte de los perseguidores. Supuestamente la obra es una copia de algo que se escribió en torno al año 315; el viaje y las vicisitudes durante 700 años hasta su copia, y los otros 600 hasta su hallazgo son el misterio de la transmisión de la Cultura Antigua, en su mayor parte oscura.

Se trata de un libelo pro Constantino que anuncia ya el trato histórico falsificado que recibirá este mandatario frente al otro firmante del Edicto de Milán, Licinio, obviado o ladeado. Cuando se estudiaba en los colegios, “In illo tempore”, aprendíamos que Constantino en el 313 tras visiones y milagros hacía cristiana a Roma; en realidad romanizó al cristianismo, pura estrategia, ya hemos visto que fue Teodosio en el Edicto de Tesalónica en el 380 quien cristianizó a Roma consolidando el proceso.

Resulta curioso cómo los críticos se devanan los sexos intentando cuadrar su narración con los datos históricos, ni éstos ni los narrados son contrastables. Lo que sí puede observar el lector actual es la inquina, la malicia, el odio con el que está escrito el texto, un odio fanático henchido de la razón absoluta que otorga la fe. El argumento es sencillo, Dios tenía preparada una muerte horrenda a cuantos autorizaron o ejecutaron persecuciones contra los cristianos (se ve que matarlos formaba parte del divino plan). Paradigmática es la descripción del persecutor Galerio, podrido en vida a partir de sus órganos reproductores (qué fijación); agusanado y reventado hasta la peor pesadilla, cinco días antes de su muerte publica un edicto de tolerancia pero no le servirá para sanar… Lactancio, o quien sea, se regodea en el sufrimiento cruel (infligido por Dios) hasta el extremo de asumir la aniquilación de los familiares: “Fue así como Dios terminó con todos los perseguidores de su nombre, de modo que no quedó de ellos ni huella, ni raíz” (cap. 50); las terroríficas resonancias genocidas de esta cita hablan ora de cómo se había ya pervertido una supuesta religión pacífica, pues en realidad lo que hace el autor es una historia de las intrigas romanas denostando a determinados sectores políticos, ora de cómo a lo largo de los siglos la Historia se ha ido torciendo para narrar lo que interesa. Por cierto, a esas alturas, en todo el libro sólo se nombra a un sólo judío en una sola ocasión, para calificarlo de traidor e indigno… ¿era judío El Mesías?, ya no me acuerdo.

Ésta es la fuente principal para leer el Edicto de Milán (en el cap. 48); teniendo en cuenta la credibilidad del otro historiador de la Iglesia contemporáneo suyo, Eusebio de Cesarea, poca o ninguna, temo que estamos teniendo la benevolísima voluntad de creer a alguien de 1700 que creyó a alguien de 1100 que sabe Dios (nótese otra ingeniosa algazara) a quién creyó, de dónde sacó el texto, quién y cuándo lo escribió, o sea que: esto sí que es fe.

Es el problema de las fuentes, que uno se encuentra en cuanto estudia algo un poco lejano, no mucho… El problema no es si Colón salió de Pals, giñada irrelevante; el problema gordo es cómo hemos llegado a asentar que salió de Palos.

En el año 314 el Concilio de Arlés comienza considerar la violencia como legítima hasta el extremo de asumir la participación de los feligreses en el ejército, pudiendo ser castigados por deserción. Ya sólo faltaba un pasito para tener una iglesia castrense, un oxímoron poco poético, más o menos como “deliciosa mierda”. El Estado (mafioso-romano) y la fe se abrazan. Del camello por el ojo de la aguja se perderá la pista y eso de la igualdad de todo humano: con no describir como humanos a los esclavos, la Iglesia mantendrá su propiedad hasta finales del siglo XIX (en España especialmente contumaz este uso), incluso después de las doctrinas abolicionistas que, por otra parte, siempre habían existido. Sobre la mujer aportará poco, Aristóteles la consideraba una necesidad para la reproducción, como una humana de segunda clase; el relato alternativo de la costilla para Eva consolidará la duda acerca de si las hembras son seres humanos completos hechos a imagen y semejanza del Padre como Adán, problema teológico no resuelto nunca por la Iglesia, jamás, aunque a efectos prácticos diga que sí: el hombre es copia de Dios, la mujer es copia de la copia de Dios.

Desde el comienzo del sincretismo greco-romano-cristiano asistiremos a una “paulatina” (broma repetida) sustitución del debate filosófico acerca de qué es la realidad, más o menos la Ciencia, por un enfrentamiento entre “cerrados” y “abiertos”: esto es, partidarios de la fe sin más o quienes considerarán que la Cultura Clásica griega y latina podía suponer una ayuda a la propia fe e incluso que había sido un envío propedéutico de la Providencia; desaparece en el debate cualquier atisbo de naturalismo, de explicación natural de la realidad, el artificio dramatúrgico del “Deus ex machina” se convertirá en la argumentación esencial de la civilización cristiana, la Naturaleza es un efecto: el estudio sólo tiene sentido si lo dedicamos a la causa, la divinidad. Se acabó el pensamiento crítico, pues hasta en los más moderados el límite está claro, si la Razón ayuda a la fe será bienvenida, la concepción de la “Philosophia ancilla Theologiae”, la esclava, la sierva, presidirá la labor intelectual hasta el Renacimiento y en algunos sectores sigue siendo hoy signo de distinción (¿capillas en las Universidades?).

Éste es el fin del Mundo Clásico porque, como supo ver Nietzsche, el olvido de lo vital empós de lo divino, de la vida hacia la muerte, del acá al más allá, de lo animal a lo pervertido es la Historia del Occidente cristianizado. El veneno de lo “anímico”, “espiritual”, de la omnisciencia todopoderosa divina impregnará y mediatiza nuestra mentalidad indefectiblemente.

Empezábamos esta exposición señalando la dificultad de conocer de dónde vienen realmente los textos antiguos: se debe establecer una analogía entre esa imposibilidad de justificar la transmisión y la secuencia de los hechos históricos; se ve más fantasía interesada que Historia, si es que ésta puede ser otra cosa. Digamos que la Literatura Clásica se reescribió tantas veces como novedades iban a apareciendo en el mundo bibliotecario: la inestabilidad del rollo antiguo, frágil en materia y contenido; el salto progresivo al códice a partir del siglo II, barrera que provoca una especie de renovación en las copias, haciendo desaparecer y aparecer casi todo de nuevo; la traducción al siríaco, al árabe y al armenio mientras la lengua griega se olvidaba; el hostigamiento cristiano siempre receloso del paganismo que hacia los siglos V-VI ya ha causado un desinterés que se traduce en la reutilización de los materiales (palimpsestos); el abandono de la letra uncial (más o menos mayúscula) en favor de la novísima minúscula en el siglo IX, que volvió a regenerar el fondo de manuscritos hasta tal punto que la mayor parte de lo que hoy usamos como fuentes primarias y familias de manuscritos proviene del Renacimiento Carolingio; la retraducción y enésima reelaboración de los textos procedentes de Oriente con un foco principal en la época de Alfonso X, que será el origen del Renacimiento o restauración de lo Clásico a partir del 1300; la moda de coleccionar manuscritos y las empresas de escribas fabricantes de colecciones renacentistas; la llegada de la Imprenta de tipos móviles y otra nueva reconstrucción de los textos hacia mediados del siglo XV; la falsificación para la que el coleccionismo y los precios han un rico caldo de cultivo…

Nuestro desconocimiento, entre forzado y manipulado o vicisitudinario, es casi absoluto. Siendo conscientes de todo esto, ya podemos penetrar en nuestra Era Cristiana.

Fuente: (https://diario16.com/cristianismo-la-mayor-mentira-jamas-contada-a/)

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ENTREVISTA
FERNANDO CONDE TORRENS
AUTOR DEL LIBRO «AÑO 303. INVENTAN EL CRISTIANISMO»

 

Fernando Conde nació en 1945 en Irun pero la mayor parte de su vida la ha pasado en Iruñea, de donde son oriundos sus padres. Es doctor en ingeniería industrial y ha sido profesor universitario. A los 40 años se planteó si la religión que le habían inculcado era cierta, y decidió investigarlo por su cuenta. Aprendió griego, latín y hebreo, analizó los libros antiguos del cristianismo y ha salido de dudas: es falsa.

El resultado de los hallazgos de Fernando Conde es demoledor, y él mismo lo resume así: «Todo el cristianismo nació como iniciativa de un solo individuo, que convenció a alguien con mucho poder y este respaldó su invento. Todos los personajes que aparecen en la historia primera del cristianismo son inventados, no existieron. No existió Jesucristo, ni concepción virginal, ni nacimiento, ni apóstoles, ni muerte en la cruz, ni resurrección, ni fundación de Iglesia alguna, ni mandato de ‘id y predicad’. Todo fue una idea luminosa concebida por una sola persona».

En el año 2004 usted publicó el libro «Simón, ópera magna. Las pruebas de la falsificación», en el que ya sostenía que el cristianismo fue creado por el emperador Constantino en el siglo IV y que Jesucristo nunca existió. ¿Qué aporta ahora este libro en sus 860 páginas?

Lo principal es que ahora se aportan las pruebas documentales de que lo que defendí desde el principio era la realidad histórica: Jesucristo es un personaje literario, inexistente, creado por un autor, Lactancio, para fundar una religión nueva, que adorara a un solo dios, no a muchos, como se permitía en la Roma imperial. Aporta la historia de lo que sucedió, año a año, desde el ascenso de Constantino al poder, el año 306, e incluso un poco antes, hasta su muerte, el 337. Otro cambio es que ahora todo se explica en forma de novela, de lectura fácil, con capítulos cortos.

En la entrevista que le hice en 2004 usted reconocía que aún le faltaba bastante para poder decir que tenía algo irrefutable. Con su nuevo libro, ¿se puede decir que las pruebas sobre la falsedad del cristianismo ya son irrefutables?

Así es. Se ha desentrañado el proceso de redacción de los Evangelios, podría decirse que palmo a palmo, texto a texto. En este proceso de redacción, necesario para la creación del cristianismo, se dio una feroz lucha interna, y esa pugna ha quedado reflejada en los escritos del Nuevo Testamento.

Por una parte, el director del proyecto, con pleno apoyo de Constantino, sembraba visión mágica, intolerancia, miedo, desprecio por la mujer y alguna barbaridad más. En su contra, Eusebio tenía que actuar a escondidas. Y, a escondidas, dejó los Evangelios escritos de forma que se pudiera demostrar la realidad, que todo era una inmenso engaño, un fraude. Que todo el Nuevo Testamento era obra exclusiva de dos personas y que una de ellas era él, un historiador amigo de Constantino.

En este libro usted sostiene que el cristianismo fue obra de Lactancio, que era el pedagogo del hijo mayor de Constantino. Creo recordar que la figura de Lactancio no aparecía en el libro «Simón, ópera magna». ¿Lo ha descubierto en sus nuevas investigaciones?

Exactamente. En mi libro anterior localicé a Eusebio de Cesárea como uno de los dos miembros del equipo redactor de todos los textos cristianos falsificados. Y pensaba que el otro era Osio, que presidió el Concilio de Nicea. No fue así. Osio era el embajador de Constantino, el hombre que seleccionó los obispos que acudirían a Arlés (Estado francés) el año 314, y a Nicea (Turquía) el año 325. El hombre de la idea fue Lactancio, un profesor de Retórica de África del Norte, que estudió los textos egipcios y de ellos obtuvo mucho material ideológico que aportó al cristianismo. No sé de dónde sacó la idea de que el dios único estaba indignado con los romanos porque adoraban a muchos otros dioses, o incluso a ninguno, como los seguidores de la filosofía griega. Y estaba tan airado ese dios que se disponía a enviar el fin del mundo, el fin del Imperio romano, si la situación no cambiaba rápidamente. De ahí su viaje a la capital donde residía el emperador Diocleciano, y donde conoció a Constantino. El primero rechazó su propuesta de crear esa nueva religión, pero, desgraciadamente para todo Occidente, al segundo le convenció la idea.

Usted mantiene que Jesucristo fue un personaje literario. ¿Quién lo inventó, Lactancio o Eusebio de Cesárea, el historiador que estaba a las órdenes de Constantino?

Evidentemente, Lactancio. El ‘‘Hijo de Dios’’, Jesucristo, era la pieza necesaria para evitar el fin del mundo, fundando una nueva religión que adorara al dios único, para calmarlo y evitar la catástrofe final. Hay que entender que el fin del mundo era el fin del Imperio romano por ataque de los bárbaros, todos los pueblos que habitaban más allá de las fronteras. En aquellos tiempos era creencia general que dios, o los dioses de cada nación, castigaban a su pueblo si se había portado mal, permitiendo que sus vecinos lo conquistaran, como ocurrió al pueblo judío cuando la deportación a Babilonia.

En este libro usted aporta nuevas pruebas sobre la invención de esta religión. ¿Las puede resumir? ¿Están relacionadas con el acróstico de SIMÓN?

El acróstico de SIMÓN es la tercera, porque hay tres. La primera es la doble redacción que Eusebio dio a todas sus obras, con dos etapas de redacción con ideas opuestas. Eran las ideas suyas, sobre el conocimiento griego, y las ideas fantasiosas de Lactancio. Eusebio ponía sus ideas en la primera etapa de redacción, y luego él mismo rodeaba esas ideas con las de Lactancio, con lo que las suyas desaparecían, porque cortaba su texto en rodajas que perdían su sentido al estar mezcladas con ideas opuestas. Hay una muestra de ello en la Carta de Santiago, donde conviven dos Cartas distintas de la primera etapa de redacción con cantidad de las barbaridades que imponía Lactancio.

La segunda son las estructuras. Todos los autores antiguos escribían con estructura. A base de contar las palabras que iban añadiendo a su obra, formaban una sucesión de números, conforme el escrito se alargaba. Había ciertos números, o longitudes de texto, especiales. Y el autor podía pasar por muchos de esos números –o longitudes– o por pocos. Así, había estructuras complicadas y otras más sencillas. Hasta aquí no hay ninguna prueba de nada. Pero Lactancio, que además de fanático era corto, para lucirse, escribió todas sus obras con la misma estructura, una complicadísima. Esto no debía ser así; cada autor debía tener una estructura diferente; unos, complicada, pero otros, bastante más sencilla. La prueba es que, por esa estructura, se reconoce que Mateo, Lucas, Pablo, Pedro y Judas están escritas por la misma persona. Y muchos más falsos escritos cristianos primitivos.

La tercera prueba, colocada por Eusebio, son los acrósticos, la palabra SIMÓN, que significa patraña, cuento, bulo. La colocó en todos los capítulos del Evangelio de Marcos, del de Juan, en la Carta de Santiago, en las tres Cartas de Juan, en su obra más importante, la “Historia eclesiástica’’, y en varios falsos textos cristianos primitivos, que él escribió. Es la prueba más evidente y fácil de ver, porque colocaba muchas letras de las que forman la palabra SIMÓN.

Usted ha dedicado veinte años de su vida a buscar pruebas sobre la verdad o falsedad del cristianismo, y la conclusión es clara. ¿Va a continuar investigando, o cree que su último libro aporta las pruebas definitivas sobre esa falsedad? ?

Esto último. Se ha averiguado prácticamente todo sobre los actores de la farsa y sobre el proceso de creación del cristianismo, casi día a día. Todo está descrito en el libro. Y también las pruebas. Los propios textos evangélicos son las pruebas, ¿qué más se puede pedir?

Suele decirse que los dioses no han creado a los seres humanos, sino que son los seres humanos quienes crean a los dioses. ¿Cree que esto es válido para todas las religiones, no solo para el cristianismo?

Yo me he prohibido mirar fuera del cristianismo. No tengo derecho a criticar otras religiones. Y, al analizar la que fue mi religión, descubro en ella conocimiento, moral básica y barbaridades. Conviene rechazar las barbaridades, la visión mágica, todo lo irreal. Y quedarse con el conocimiento, para el que esté a esa altura, o con la moral elemental, para quien no llegue aún a esa moral. Pero rechazando todo lo sobrenatural, porque eso es parte de las barbaridades. Los milagros, las resurrecciones, la concepción virginal de un Hijo de Dios, la necesidad de ser redimidos, el pecado, el infiern0… Todo eso debe ser dejado atrás, como algo fruto de la mente insana de un fanático.

¿Y a partir de ahora, qué panorama se abre?

Me da la impresión de que, como sociedad, tenemos una tarea fundamental por delante: corregir el engaño en que vivieron nuestros mayores, abandonar el montaje y volver a la ideología acertada que había en el imperio romano antes de la invasión –porque fue una invasión, ideológica, pero invasión– de Constantino y Teodosio. Volver a lo que me gusta llamar “democracia divina”, sin religión financiada por el Estado. Que cada religión la soporten sus fieles. Y dar importancia a lo real, no a las fábulas. Que los hallazgos de los mejores sabios de la Antigüedad, el conocimiento, no queden reducidos a la nada por obra de unos ignorantes.

 

«Estoy convencido de que la jerarquía de la Iglesia católica ha conocido este engaño siempre»

¿Cree que los jerarcas de la Iglesia católica han sido o son conscientes de la falsedad del cristianismo? ¿Desde cuándo?

Lo saben al menos desde tiempos de Teodosio, desde finales del siglo IV. Y tomaron contramedidas para intentar ocultar esa falsedad, como traducir el texto original al latín, la Vulgata, y prohibir el texto griego. Con ello se borraron las firmas de SIMÓN durante más de mil años. También movieron los inicios de los capítulos, para dificultar el hallazgo de las estructuras, y numeraron con versículos el texto, para mover los finales de los párrafos originales que definían los acrósticos de SIMÓN. De modo que sí, estoy convencido de que lo han sabido siempre. Y han procurado corregir los aspectos por donde podía descubrirse el engaño.

Reconocer ese engaño supondría el fin de una religión que tiene más de 2.000 millones de seguidores en el mundo, según datos de la Iglesia católica. ¿Qué consecuencias podría tener?

No tiene por qué ser así. Diría que solo será así si las jerarquías actuales se empeñan en mantener la totalidad de la doctrina ideada por Lactancio. Pero si renuncian a todas las barbaridades –a las que ya apenas nadie da crédito–, reconocen su error y comienzan a enseñar el conocimiento que Eusebio puso en los Evangelios, creo que podrían salvarse del ostracismo universal. Porque ese conocimiento, descubierto por los griegos, es útil para la vida incluso en pleno siglo XXI.

La base de nuestra civilización occidental no es el cristianismo inventado por Lactancio, el visionario, sino el conocimiento griego, mucho más serio. Lo que tenemos que hacer es forzar nuestro retorno a los orígenes, y dejar atrás el ‘‘gran paréntesis’’ que impusieron Constantino, Lactancio y Teodosio, todos ellos de infeliz memoria. Es un ‘‘paréntesis’’ que ya ha durado demasiado, nada menos que diecisiete siglos. En esto, confío más en el sentido común de los más, que en el acierto de los menos, las élites jerárquicas.I.V.